Escena eliminada de Traición con… ¡Cristianno y Kathia!

¡¡Hola, Hola!!

Sé que llego con retraso *vale, lo admito, se me pasó ¡sorry!* Pero aquí os lo traigo.
Como bien sabéis, en anteriores post os animé a votar entre las dos queridísimas parejas de nuestra saga de mafiosos. Bien, pues… ¿hace falta que diga quienes son los ganadores? ¡Por supuesto qué no! *mayormente porque ya lo dice el título* jajaja
En este caso no se trata de un inédito, sino de una escena que tuve que eliminar de Traición. Y cómo sé que seguramente querréis matarme después de leerla y me diréis: “Ale, eres muy mala, ¿por qué puñetas quitaste esta escena? ¡Te odiamos!” y demás 😀 os comento que la eliminé porque a veces sucede que algunas escenas no se adaptan bien al texto que quiero como resultado final (rarezas de Alessandra; recordarme que habrá un apartado dedicado a esto jajaja)
Pero como en el fondo no soy tan mala malísima, ahora la comparto con todas vosotras, mafiosillas; (y con mis mafiosillos chicos también eh, que últimamente me estáis dando muchas alegrías saliendo a la luz y eso ¡me encanta!)
Ya sabéis que soy muy cinéfila, que el cine es mi pasión y por eso aquí va la recomendación de música para escuchar de fondo mientras devoráis el texto. Esta misma mañana (hora española) lo he leído y confieso (aunque os pueda sonar un tanto soberbio) que me ha vuelto loca.

Together de The XX
La conocéis, lo sé.

Sin más, os dejo hasta la próxima, mis amores ^_^


Kathia

<< ¿Habrá despertado? ¿Estará bien? >>, Pensé asfixiándome en la oscuridad y el silencio de aquella maldita suite.

Las horas parecían no pasar.

Cada minuto era más largo que el anterior y el silencio me hundía, haciéndolo todo más difícil. Ni siquiera los tenues sonidos de la madrugaba perturbaban el absoluto mutismo que reinaba. Era como si el tiempo se hubiera congelado y todo lo sucedido no hubiera tenido lugar. Y deseaba que amaneciera, como si eso fuera a cambiar las cosas o fuera a permitirnos a Cristianno y a mí volver a vernos…

No, después de aquella noche todo había acabado, ya nada nos permitiría siquiera mirarnos en la lejanía. No habría nada por lo que luchar y amarnos solo sería posible en nuestra imaginación. Estaba decidido así desde el principio, no por mí ni por él, sino por los demás… Aceptarlo era lo único que me quedaba. Y lo último que quería.

Contuve un sollozo y me aovillé en la cama mirando hacia la terraza y aferrándome al albornoz que me cubría.

Ya eran más de las cuatro de la madrugada y estaba tremendamente cansada. Pero, aunque necesitaba dormir, sabía que no lo lograría. Que si lo intentaba, me volvería loca…

Las cortinas ondearon con la brisa helada un instante antes de hacerme tiritar. Pero segundos más tarde supe que no había sido el frío lo que me había provocado el temblor, sino unas manos acariciando mi nuca.

Sobresaltada, me di la vuelta y… ahogué un gemido.

Cristianno estaba acuclillado junto a la cama. Sus ojos brillaban más de lo habitual y aquel exuberante azul me cortó el aliento. Tenía varios cortes y moratones en el rostro, pero aun así no fueron capaces de menguar su belleza.

Dios, que guapo era… y que difícil era no amarle.

No soporté más los pocos centímetros que nos separaban y tiré de él. Cristianno se dejó llevar sentándose en la cama y acogiéndome entre sus brazos con la misma premura con la que yo buscaba su boca. Capturé sus labios con los míos y esperé. Esperé a que su aliento me llenara, a que sus manos me llevarán donde él quisiera. A que su pecho latiera contra el mío. Pero no era suficiente. Así que le quité la chaqueta y después el jersey y me deshice del albornoz antes de regresar a sus labios y volver a esperar en ellos, mi piel helada contra su piel caliente.

Cristianno repasó la curva de mi cintura con sus manos y las deslizó hacia mi pecho envolviéndolo con exquisita exigencia mientras yo repasaba la línea de su labio inferior. Él gimió y yo me aparté inquieta.

La pequeña herida de su labio brillaba. Se llevó una mano al lugar y frunció el ceño cuando saboreó la sangre. Después me cogió del cuello y me besó.

—No me has hecho daño —susurró apoyando su frente en la mía.

Acaricié sus hombros y fui bajando hacia su tórax, repasando las zonas donde su piel se inflamaba y había moratones. Cristianno contuvo el aliento, pero yo fui muy delicada al tocarle.

—Tu cuerpo… —gemí y él capturó mis manos y me obligó a mirarle.

—Son heridas superficiales, Kathia, se curarán. —Lo dijo como si no le importara en absoluto haber sido golpeado.

—Aun así deberías estar descansando. No estás recuperado…—Me calló con un beso.

—Deja que eso lo decida yo, amor —dijo aún pegado a mi boca.

Suspiré completamente estremecida y me aferré a él dándole un largo y profundo beso. Encontré su lengua a mitad del camino y la enrosqué con la mía comenzando a sentir como mi piel se calentaba tanto como la suya. Hundí los dedos en su cabello y lo atraje aún más hacia mí notando como sus manos pasaban de mis pechos a mi espalda y se hacían con el cierre del sujetador. Me lo quitó, se apartó de mi boca y empezó a darme besos en el cuello mientras me subía a horcajadas sobre su regazo.

— ¿Cómo has entrado? —pregunté girando la cabeza para darle más espacio a sus labios.

—Tengo mis trucos —jadeo antes de acariciar mi pecho.

—Podrían… —gemí pero no pude continuar hablando por que sus caricias empezaban a enloquecerme. No obstante, Cristianno supo lo que quise decir.

—Puede, pero ahora mismo lo único que me importa es besarte. —Y entonces se detuvo y me miró como horas antes en el teatro, como si no existiera nada más que él y yo, allí y en ese momento.

Cogí su cara entre mis manos.

— ¿Por qué tiene que ser tan difícil?

— ¿Y cuándo creímos que sería sencillo? —dijo con los ojos cerrados, disfrutando de mi modo de adorar su belleza.

—Yo lo creí, cuando empezó todo. —Me detuve en la herida de su pómulo ignorando que me observaba atento.

— ¿Te arrepientes?

—Jamás. —Lo dije sin dejar ni un maldito espacio a la duda, porque esa era la verdad—. Solo me arrepiento de no haber sabido qué hacer para protegerte cuando…

—Cállate. —Ahora era él quien atrapaba mi rostro entre sus manos—. De lo único que eres culpable es que te quiera de esta forma.

Y no pude más. No resistí la lejanía entre los dos, por muy pequeña que fuera. Necesitaba más que un simple abrazo, que un beso o que una caricia. Le necesitaba mucho más pegado a mí, completamente unido a mí.

—Acaríciame, Cristianno — jadeé en su boca, desabrochando el botón de su pantalón—. Hazlo hasta que me olvide de todo lo demás.

Se tumbó en la cama arrastrándome con él y dejando que por un instante yo indicara el camino. Besé sus labios un segundo y me permití el placer de extenderme por su cuerpo. Empecé saboreando su cuello, después su clavícula y su pecho y su vientre. Y me deshice de su ropa y después de la mía sabiendo que él observaba cada uno de mis movimientos completamente maravillado. Lo que provocó en mí un torrente incontrolable de emociones. Emociones que se vieron magnificadas cuando me detuvo y me arrastró junto a su cuerpo, colocándose sobre mí y hundiéndonos en un beso exigente e intenso al mismo tiempo.

Flexionó mis rodillas antes de acomodarse entre ellas y entró en mí lentamente, muy, muy despacio, sin apartar un segundo la mirada de mis ojos. El placer fue extraordinario, pero aun así no quise dejar de mirarle. No quise perderme ni un instante de la declaración de amor que me estaban haciendo aquellas pupilas azules. Así que le correspondí, aferrándome a sus hombros y empujándome contra él hasta tenerle por completo.

—Te quiero —gemí temblorosa y ardiendo en deseos por sus movimientos.

Cristianno reclamó cada parte de mi cuerpo, con lentitud al principio y pasión después. Y yo se lo entregué todo. Absolutamente todo.

Sin importar que el amanecer se aproximaba, que tendríamos una nueva despedida. Y que tal vez aquella podría ser la definitiva.

Se lo entregué todo y me aferré a ese momento.

—Te quiero, mi amor —susurró él.

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