Escena Eliminada, Mírame y Dispara

¡Hola, mafiosillas!

Seguramente, recordaréis este inédito porque lo lancé allá por Mayo de 2013. He pensado en hacer una recopilación y disponer de un espacio en mi web dedicado precisamente a este tipo de capítulos extra. Así que si os sentís nostálgicas o con una ligera ansiedad por estar con nuestros mafiosos ya sabéis donde podéis acudir.

¡Vamos con el primero!

Esta escena la reconoceréis, ya que está en el libro desde el punto de vista de Kathia. Ni siquiera pensé en  introducirla en la historia original. Simplemente la escribí una tarde de aburrimiento en que pensé en lo que podría haber hecho Cristianno después de salir del instituto y haber tenido el pique con Valentino y su “coche”. Así que lo plasmé en el papel para mi colección personal de escenas ¡Ahora la comparto con vosotr@s!


Cristianno

—Huye como una cobarde —dije risueño observando a Kathia alejarse a toda velocidad por las escaleras.

Y es que yo sabía que a veces podía ser de lo más asfixiante. Sobre todo si me empleaba a fondo, como era el caso. Había estado todo el día sentado a su lado, importunándole y susurrándole palabras comprometidas, prácticamente, al oído. De vez en cuando, aprovechaba y me acercaba aún más sabiendo que ella no tenía medio para esquivarme. Sí, el ataque perfecto. Había terminado con su paciencia los primeros quince minutos.

La cuestión era: ¿por qué lo hacía? Ni puta idea, pero me encantaba verme reflejado en sus ojos grises y tremendamente ofuscados.

Llegamos al aparcamiento cuando varias chicas de primero pasaron por nuestro lado. La primera se nos quedó mirando timorata; la segunda, directamente se puso en guardia. Algo que entendí en cuanto miré a mi primo: en posición de ataque y medio babeando.

—¡Dios mío, nena…! —Exclamó Mauro cuando la chica pasó por su lado—. Con ese escote no comería en tres días, morena.

Eric y yo soltamos una carcajada al imaginarnos la escena. Alex, en cambio, estaba más concentrado en Daniela, a unos metros tras de nosotros.

—¡Vete a la mierda, Mauro! —Gritó la morena aligerando el paso. Mauro sonrió y me guiñó un ojo antes de darme un empujón.

—La tengo en el bote —comentó, algo de lo que yo no estaba tan seguro.

—Ya me he dado cuenta —objeté irónico.

Eric continuaba riendo cuando Daniela intervino en la conversación.

—Como se entere Erika, vas listo —dijo cogiendo el casco que Alex le tendía.

Mauro frunció el ceño y miró alrededor. Era curioso, en otro momento Erika habría estado allí con nosotros, revoloteando al lado de Mauro. Pero no había rastro de ella.

—Chicos, os llamo luego —sonrió Alex mientras arrancaba su moto.

Giró la cabeza y observó a Daniela subirse tras él. A mí no me la daba: fue satisfacción lo que se cruzó por su cara en el instante en que Daniela le rodeaba la cintura.

Ciao! —exclamó saludando con la mano.

Me habría despedido de ellos como era debido si Kathia no hubiera aparecido en mi campo de visión caminando de aquella forma. A cada paso que daba la falda rebotaba en sus muslos con decisión, dándome suficientes pretextos como para excitarme. Sí, sin duda estaba muy…

Mauro me dio un manotazo en el pecho.

—¿Por qué demonios te cuesta tanto prestarme atención, tío?

—Te estaba escuchando… —me excusé.

—Sí, claro… —ironizó—. En fin, había pensado ir ahora y así tenemos la tarde libre.

—¿Ir adónde? —Pregunté.

—En estos momentos sé lo que siente mi madre cuando dice que la ignoro…—resopló Mauro.

—Que te den, Mauro —bromeé.

Era muy lógico que pasara de él cuando Kathia se estaba paseando por el jardín principal. Comenzaba a pensar que toda ella había sido creada para joderme de lo lindo. Porque una cosa estaba clara, por mucho que yo me hiciera el duro, Kathia tenía una influencia demasiado poderosa sobre mí; al menos, físicamente.

—En fin —continuó, como si nada—, Enrico nos envía a Eternia a recoger los albaranes. Tío Silvano y mi padre quieren cerrar las cuentas esta tarde.

De reojo, volví a mirar a Kathia, sin saber que ella ya lo estaba haciendo de antes.  Ralentizó su paso, como queriendo exhibirse, pero lo hizo con tal naturalidad que hasta me frustró. La observé de arriba abajo, molestó por lo que sus miradas me estaban causando. Resoplé y me quité la chaqueta de un tirón. Algo que a ella pareció gustarle.

La seguí hasta que descubrí a Valentino esperándola apoyado en su coche. Este sonrió cuando Kathia se acercó a él. La cogió de la cintura y la abrazó como si fuera de su propiedad. No debería haberme molestado, ¿o sí? El caso es que mis entrañas comenzaron a retorcerse cuando Kathia respondió al abrazo con algo muy parecido al deseo.

Contuve el aliento y me mordí el labio sintiendo una ola de rabia recorrer mi cuerpo. Fuese lo que fuese lo que me estaba ocurriendo, era desconocido y no me gustaba.

 —Pues, vámonos, Mauro —dije echando mano a la llave electrónica de mi coche. Lo abrí y miré a Eric—. Quedamos luego.

—Claro. Hasta luego, tíos.

Tomé asiento e introduje la llave en la ranura antes de arrancar con furia. Mauro alzó las manos, como fingiendo un atraco.

—Tranquilo, chico. ¿Y ese humor?

—Valentino.

—¡Fiesta! —Mauro aplaudió ilusionado con la idea de enfrentarse al menor de los Bianchi.

Aceleré derrapando y me dirigí a ellos rápidamente. No estaría mal tocarle las narices a aquel niñato. No me gustaba verlo en general, pero menos me había gustado que hiciera manitas… con Kathia.

Mauro me pasó su cigarro y yo le di una calada antes de detenerme justo al lado de la ventana de Kathia. La miré de la forma más intensa que pude y fingiendo que no me molestaba que estuviera sentada en ese coche. Una canción de Shakira sonaba del reproductor. Una música un poco moña para alguien que se cree tan macho, ¿no?

—¡Rabiosa! —Exclamé echando la cabeza hacia atrás y empezando a contonear los hombros. Podía resultar bromista, pero no era ese mi propósito, y supe que en Kathia había causado ciertas sensaciones.

Era el momento de pasar a la provocación.

—Dime, Kathia, ¿me morderías la boca? —pregunté acercándome y mirando fijamente su sensual boca.

—Tendrás que descubrirlo tú mismo. —Se acercó, rabiosa.

Solté una carcajada cuando mi primo aulló y levantó su puño con el pulgar hacia arriba.

Me incliné hacía delante para cotejar como iba la presión arterial de Valentino; estaba que se retorcía de la furia. En cuestión de segundos estallaría.

—Valentino, deberías acostumbrarte a saludar, ¿no crees? —Provoqué.

Él se echó para adelante y me lanzó una mirada iracunda. Continué mofándome mientras Kathia nos observaba, timorata. Era bien sabido lo mucho que los dos nos odiábamos, por eso ella estaba expectante.

—Lo que creo es que va siendo hora de que te acostumbres, Cristianno.

Apreté el acelerador retando a Valentino a una carrera. Él me imitó y mi primo comenzó a reírse emocionado. Kathia, en cambio, parecía muy asustada.

—Ni se te ocurra, Valentino —dijo acobardada y en voz baja, creyendo que yo no le escucharía.

—Haznos un favor a los dos y ¡cállate! —Gritó Valentino acelerando.

Dios sabe que abría saltado del coche y le abría arrancado la cabeza si no hubiera acelerado. Pero no me preocupó. Adelanté su coche subiéndome ligeramente a la acera y salí de la calle no muy orgulloso de haber ganado. Principalmente porque eso no cambiaba la situación: Kathia continuaba con Valentino en el coche y, para colmo, este seguramente estaba cabreado porque yo, una vez más, le había ganado. No debería importarme, pero me importaba.

Minutos más tarde y sin dejar de pensar en ella, aparqué en el reservado de la discoteca Eternia. Cuando entré, todo estaba iluminado y una musiquilla de Kanye West sonaba de fondo. Los chicos estaban terminando de fregar la pista principal y las bailarinas ensayaban sus coreografías a un lado.

—¿Qué me tienes preparado, Tony? —Exclamé cuando terminé de bajar las escaleras—. ¡Hola chicas! —Saludé conforme me acercaba a Tony.

Todas las chicas respondieron, excepto una. Francesca se detuvo, colocó su melena morena a un lado y se humedeció los labios presuntuosamente, observándome de arriba abajo. Ladeé la cabeza y sonreí con lentitud.

—Grandes números, Gabbana —dijo Tony, cogiendo mi mano y tirando de ella para darme un abrazo rápido.

Repitió el mismo gesto con Mauro.

—Hemos cerrado el fin de semana con unas cuentas increíbles. Los nuevos clientes son de lo más… digamos, derrochadores…

Sonreímos. Miré de reojo a Francesca. Iba vestida con unos vaqueros muy ceñidos y una camiseta de tirantes blanca que llevaba anudada a la cintura y dejaba al descubierto ese maravilloso ombligo. Estaba coqueteando, sabiendo que si continuaba por ahí, terminaría justo donde quería: en un reservado conmigo encima. Y no sería la primera vez.

—Es lo que tienen los rusos —intervino Mauro.

—Vayamos al despacho y os muestro —dijo Tony.

—Yo enseguida voy.

 Mauro y el jefe de la discoteca siguieron mi mirada.

 —No pierdes el tiempo —bromeó Tony dándome un empujón.

Ambos se fueron hacia el despacho y yo me encaminé al pasillo de los reservados sabiendo que Francesca me seguiría.

Abrí la puerta y entré sonriente al escuchar los pasos de la bailarina. Tomé asiento mientras ella cerraba la puerta y bajaba la intensidad de la luz. Su piel brillaba y los rizos de su pelo enmarcaban su rostro afilado y coqueto. Recorrí su cuerpo con la mirada mientras se acercaba a mí. Coló mis piernas entre las suyas y tomó asiento a horcajadas sobre mi regazo. Aquel gesto y la lentitud con la que lo hizo, simplemente, terminó de activar todos mis sensores.

Toqué sus rodillas y fui subiendo hasta presionar sus caderas contra las mías. Francesca gimió.

—¿A qué quieres jugar? —Jadeó mientras me acercaba a ella y besaba su cuello.

Al sentir su piel contra mis labios, mi mente me jugó una mala pasada. Kathia surgió en mi pensamiento y con ella, las ansias de verla…

Miré a la bailarina.

—Empezaré por quitarte la camiseta —murmuré mientras deshacía el nudo.

Ella levantó los brazos, sonriente. Tiré de la tela hacia arriba y la lancé a un lado. Después bajé las manos por su pecho, intensificando la caricia cuando llegué a mi objetivo. Francesca se aferró a mí cuello, de sobra excitada y emocionada ante la idea de lo que iba a suceder.

 —¿No hay reglas? —Provocó ella sobre mí boca.

—No las necesitas —suspiré antes de besarla.

Sus muslos se apretaron contra los míos cuando la cogí de la cintura y la tumbé en el sofá. Me alejé de su boca y fui bajando por su clavícula mientras mis dedos se deshacían del sujetador. Ella tiró de mi camiseta. Segundos después noté el calor de la piel de su pecho y su vaivén contra el mío.

Pero Kathia no me dejaba tranquilo. Su imagen insistía una y otra vez.

Definitivamente las cosas no iban por buen camino.

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