Extra, Mírame y Dispara

Kathia

Erika podía desgastarse la voz diciendo que no roncaba, pero lo hacía. Y mucho. Podía engañar a cualquiera, pero no a una persona que había estado compartiendo habitación con ella en el internado tanto tiempo. Hacía unos ruiditos suaves y constantes (como si se estuviera atragantando) que, cuando ya llevas unos quince minutos escuchándolos, te perforan el tímpano. Yo ya iba por la fase de perforación de cerebro y eso que aún no se había animado; en cuanto llegáramos al ecuador de la madrugada se vendría arriba y esos ruiditos se convertirían en puñetazos.

Tumbada en la cama que había justo enfrente de la de Erika, observaba el techo con los ojos bien despiertos. Siempre había rogado al cielo tener el sueño de Erika (profundo; ya podía caer una bomba a su lado que ni se enteraba), pero tenía que haber sido muy mala en otra vida, porque ni en esas circunstancias se me concedía.

Resoplé y tragué saliva. Que Erika no me dejara dormir por culpa de sus ronquidos no era nuevo y tampoco lo principal. Tuve un escalofrío al mencionar su nombre en mi mente. Él era el maldito causante de todo. No hacía ni una semana que había llegado a Roma y Cristianno Gabbana ya había logrado robarme hasta el sueño. Habría sido coherente si al menos me hubiera caído bien, pero es que hasta pensar en él me irritaba. Todo él, al completo, me molestaba. Por eso no comprendía porque mi cabeza me torturaba de esa forma.

De todos modos, ahí estaba otra vez su maldita mirada azul, tan impactante y excitante. Tenía la habilidad de paralizarme y de revolucionar todo mi cuerpo hasta el punto de experimentar sensaciones que nunca antes había sentido. Y su forma de caminar provocadora, sexual…

Una maldita locura.

Me restregué la cara con las manos y me levanté de la cama. Un minuto más pensando en Cristianno terminaría por desquiciarme. Y si me había quedado en casa  de Erika a dormir era para relajarme, en la mía había cierta tensión.

Me puse los vaqueros y el jersey y me calcé. Necesitaba salir a dar un paseo. Estaba demasiado acalorada y un poco de aire no me vendría nada mal.

Llegué al vestíbulo, cogí mi chaqueta y las llaves de Erika y salí del piso, cerrando con mucho cuidado la puerta.

Cuando pensé en que me diera un poco el aire no me refería a que se me helara la cara. Tirité y me abracé el torso encogiéndome de hombros. Hacía una noche muy fresca. El cielo estaba encapotado, con unas nubes hermosas y amenazantes, pero no olía a lluvia. Así que comencé a caminar con la idea de dar una vuelta a la manzana; diez minutos a lo mucho.

Pero esos diez minutos se convirtieron en veinte, y los veinte en treinta. Y terminé sorprendida por la luz anaranjada de la Fontana di Trevi. Por un instante pensé en que Cristianno vivía allí, que tenía que ser una broma de mi subconsciente haber terminado allí con la cantidad de calles que tenía Roma.

Sabía que Erika no vivía lejos, pero yo podría haber tomado otra dirección. Sin embargo, terminé allí. Y me olvidé de todo conforme avanzaba. La belleza de la fuente me capturó y quedé completamente fascinada. Solo me detuve cuando mis piernas se toparon con el bordillo. Observé detenidamente las esculturas y me pregunté qué sentirían viendo que todos desaparecíamos y ellas seguían ahí, perpetuas.

Alcé una mano e intenté acariciar la piedra.

—No la alcanzarás —me dijo alguien al oído.

Temblé, contuve el aliento y me di la vuelta bruscamente. Todo pasó muy deprisa: no esperaba tenerle tan cerca y me topé con su pecho. Perdí el equilibrio y me aferré a él sin saber que terminaría arrastrándole conmigo. El agua nos envolvió completamente. Descubrí su rostro dibujado entre miles de burbujas.


Cristianno

 Cuando salimos a la superficie, esperé un grito, seguido de un empujón e insultos, muchos insultos. De hecho, estaba más que preparado para el tercer enfrentamiento que tendríamos ese día. Pero nada de eso ocurrió.

Kathia sacó la cabeza del agua lentamente, muy lento. Y lo hizo mirándome de una forma que no supe descifrar. Solo sé que aquella mirada desarmó todos mis sentidos hasta el punto de hacerme tragar saliva.

Varias gotas se colaron por entre sus labios y las retiró con un movimiento suave con la punta de la lengua. Llegados a ese punto toda esa especie de coreografía improvisada me estaba sobrepasando, no aguantaría mucho más. Sabía que Kathia no lo estaba haciendo a propósito; ella estaba completamente bloqueada, sin saber que hacer o que decir.

Pero aquello no quitaba que me estuviera volviendo loco tenerla tan cerca, empapada y con aquella apariencia tan sensual y, al mismo tiempo, frágil. Dios, estaba increíble.

Sentí una necesidad urgente de lanzarme a por ella y navegar por su cuerpo con mi boca allí mismo, en la propia fuente.

¿Qué más daba? ¿Qué importaba todo lo demás?


Kathia

 ¿Qué se suponía que debía hacer? Apenas tenía aliento para respirar, ¿cómo iba a hablar con él?

Estaba preparada para que Cristianno me alterara, para que me provocara esa histeria frenética. Pero no para que me dejara sin que decir, para que su mirada me dominara de aquella forma. Casi podía sentirla acariciarme. Es más, incluso deseé que lo hiciera. Deseé que Cristianno se acercara a mí y me besara. Lo deseé con tanta fuerza que ni siquiera me di cuenta de que estaba acercándome a él.

<<No puedo creer lo que estoy haciendo>>, pensé, completamente atraída por su boca.

Por un instante me vi reflejada en sus pupilas azules. Después, cerró los ojos y apretó la mandíbula. Aquel simple gesto, de solo un segundo de vida, me detuvo. Hizo que me parara en seco y me cabreara mucho conmigo misma.

Se suponía que Cristianno Gabbana no se resistiría a un momento como aquel y, sin embargo, él era quien lo había evitado.

Se contenía, pero ¿por qué?


Cristianno

 Nunca había sentido tantas ansias de besar a alguien como en aquel momento. Pero me sentí vulnerable… expuesto a algo que no sentí capaz de enfrentar. Sí besaba a Kathia… si me dejaba llevar por ese extraño sentimiento que ella me producía, algo de mi cambiaría para siempre.

Ella se alejó y frunció el ceño levemente, confundida con lo que acaba de pasar. Quise explicárselo, pero ¿cómo? Si ni yo mismo sabía qué coño estaba ocurriéndome. Solo sabía que ella era la causante. Y que yo todavía me sentía demasiado acobardado por ello.

Joder, podía mandar a la mierda todo, como siempre. ¿Qué más daba quien fuera ella o lo que me hiciera sentir? La tenía allí, delante de mí y más que dispuesta. Entonces, ¿por qué coño no me acercaba a ella y la besaba? ¡Era exactamente lo que quería! ¡Me apetecía!

Pero Kathia me lanzaba muy lejos de allí, me propulsaba a otros mundos, y nadie me había producido esa sensación.

—Creo que… —Quiso decir, pero se detuvo a tragar saliva—. Lo mejor será… —Volvió a detenerse, esta vez porque yo acaba de dar un paso hacia ella—. Deberíamos salir del agua.

Cerró los ojos al sentirme a solo unos centímetros de su boca. Apoyé la frente en la suya y coloqué mis manos alrededor de su cintura, bajo el agua. Kathia estremeció y ese temblor me atravesó. Suspiré y… esperé…

—Tengo que irme —mascullé sin apenas moverme.

Esta vez fue ella quien se alejó y lo hizo empezando por retirarme las manos.

—Sí, y yo…—medió.

Quiso pasar por mi lado y aproveché para acariciarle la mano. Kathia paró en seco su marcha y miró la caricia. Después volvió a mirarme y salió de la fuente.

<<Sí, eres gilipollas, pero eso tú ya lo sabes, pequeño>>, se mofó mi fuero interno.

—¿Te marchas mojada? —Pregunté saltando fuera de la fuente.

—Sí —dijo rotundo mientras se estrujaba su larga melena.

Me costó mantener la concentración al ver que toda la ropa se le pegaba al cuerpo y le marcaba perfectamente cada rincón…

—¿Hasta la mansión Carusso? —Me obligué a decir.

—Estoy en casa de Erika esta noche —espetó—. No queda muy lejos.

Sabía muy bien donde vivía Erika: a un par de minutos desde allí. Pero era noche cerrada e iba mojada y…

—¿Quieres que te acerque…? —Ni siquiera me dejó terminar.

—¡No! —Exclamó—. Hasta… mañana. Dio media vuelta y comenzó a caminar.

—Claro… —dije— ¡Ten cuidado, Carusso, no vayas a resbalar! —bromeé.

Dándome la espalda, levantó una mano y me regaló un maravilloso dedo corazón.

—¡Que te den, Gabbana! —Me envió una sonrisa. Guardé mis manos en los bolsillos del pantalón.

No era un chico de corazonadas, pero cuando las tenía no solía equivocarme. Esa noche, observando a Kathia alejarse de mí, supe que algo pasaría entre nosotros, y nos cambiaría para siempre. Solo nos quedaba esperar a saber qué demonios iba a ocurrir.

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