Relato Diego Gabbana Parte 7

Este capítulo forma parte de una serie de inéditos que relatan la perspectiva de Diego Gabbana a partir de los sucesos acontecidos en Colapso y Desafío. Si cómo lector todavía nos has llegado a la entrega mencionada, abstente de leer para evitar spoilers.

Escena relacionada con la cuarta entrega de la saga BCPR: Desafío.

Canción: The Weeknd – The birds (part II)


Parte 7

Última entrega

Ninguno de los dos mencionó palabra, ni siquiera Eric para preguntarme a dónde demonios nos dirigíamos. De todos modos, no habría sabido darle una respuesta porque estaba demasiado concentrado en no perder el poco sentido común que me quedaba.

Simplemente conduje marcado por esos instintos que ni yo mismo entendía.

Entonces me detuve, cerré los ojos y respiré. No me hacía falta mirar a mi alrededor, mentiría si dijera que no sabía qué puñetas hacía allí. Nos había arrastrado a la casa de retiro que mis abuelos tenían en los alrededores del foro itálico porque mi fuero interno insistía en compartir una intimidad ciega junto a Eric… Y tenía las llaves de aquel lugar guardadas en mi bolsillo.

Quise mirarle y rogarle que me pidiera que le llevara a casa, pero preferí bajarme del coche y me encaminé la casa. A regañadientes admití que no quería despedirme de él aquella noche.

Eric no me quitó ojo en todo el proceso. Inspeccionó el modo en que saqué las llaves y también el pequeño temblor que se me había instalado en los dedos; fue mucho más evidente cuando desbloqueé la cerradura.

Entré dejando la puerta abierta de par en par, esperando que Eric me siguiera. Resoplé, puse los brazos en jarras y miré al techo, un tanto desesperado. La embriaguez había desaparecido completamente, sentía cada uno de mis deseos con una nitidez extraordinaria.

Miré de reojo la puerta. Los minutos que Eric tardó en aparecer se me hicieron eternos, pero cuando lo vi allí plantado, en medio de aquel salón, supe que jamás me toparía con alguien tan fascinante. Mirarle ya no era suficiente. Toda su presencia me empujaba hacia él.

Nos observamos con fijeza. Él con incertidumbre, y yo con una exaltación capaz de robarme el aliento. Lo que sea que significara aquello dejó de importarme a descubrir que yo era el centro de su pensamiento en ese momento.

Me quité la chaqueta sin apartar la vista. Tímido y retraído, Eric esperó a que yo decidiera mientras imitaba mi gesto y se deshacía de su anorak. Me acerqué a él, lentamente, consciente de que su aliento se entrecortaba conforme aumentaba mi cercanía.

Si aquello era amor, lo sabría en cuanto volviera a probar su boca. Porque nunca antes un beso me había proporcionado tal descontrol. Pero confirmarlo podía atrapar a Eric y no estaba seguro de querer eso.

—No podrás huir de mí cuando te encierre en esa habitación. Así que este es un buen momento —rezongué dándole una última oportunidad.

Eric tragó saliva y tomó aire antes de coger mi brazo. Con suavidad, lo enroscó a su cintura y rozó mis labios con los suyos. Cerré los ojos. Ahí estaba de nuevo ese calor pegado a mi boca, robándome el aliento.

En un arrebato de deseo, apreté su cuerpo contra el mío tomando el control de aquel abrazo. Eric jadeó en mi boca al tiempo en que cruzaba sus brazos entorno a mi cuello. Daba igual que movimiento hiciera, aquel adolescente ya me tenía atrapado en él. Lo estúpido era haber tardado tanto tiempo en reconocerlo.

Empezamos a tambalearnos. Al principio pensé en apoyarlo en la pared y continuar perdiéndonos en ese beso, pero después recapacité y me di cuenta de que no podía soportar las ansias por tumbarlo bajo mi cuerpo. Así que acaricié sus nalgas, lo levanté a horcajadas del suelo y me encaminé a la habitación. Caminé de memoria, porque detenerme para ver el camino habría supuesto apartarme de sus labios. Y todavía no estaba dispuesto.

Caí sobre él en la cama. Su pecho se estampaba contra el mío, desbocado. Estaba muy nervioso, pero esa cortedad no hizo más que ensalzar lo que sentía. Le miré, me deleité con cada una de las líneas de su rostro y esquivé sus manos cuando quiso esconderse tras ellas. No me robaría ese instante. Le había advertido, estábamos en la habitación. Una vez allí dentro, sería mío.

—Tiemblas… —siseé acariciando su mejilla—. ¿Por qué? —Eric dejó escapar un suspiro entrecortado cuando una de mis manos comenzó a descender por su pecho. Miró al techo cuando colé mis dedos bajo el jersey. El modo en que su piel se estremeció bajo mi caricia hizo que perdiera la cabeza—. Responde —le insté acercándome a su oído.

—No sé…lo que me espera —tartamudeó. Y ardí en deseos de liberar mi excitación de una vez por todas.

—¿No era esto lo que Luca te hacía? —Me equivoqué al escoger mis palabras, pero supongo que disimulé su efecto al acariciar uno de sus pezones. Eric apretó los dientes e hizo presión sobre mis hombros al tiempo en que arqueaba la espalda. El gesto me dejó mucho más espacio—. ¿O eras tú quien ocupaba mi lugar? —Deslicé mi boca por su cuello hasta llegar a aquella zona tan erógena. La lamí segundos después de sentir un fuerte latigazo de celos.

Pensar que había compartido tal intimidad con otra persona me puso furioso.

—¿Por qué estás tan seguro de que esta no es mi primera vez? —jadeó.

Me detuve de súbito. No era la respuesta que esperaba. ¿Qué insinuaba? ¿Qué nadie le había tocado? ¿Qué me entregaba su pureza? ¿A mí? Sí, definitivamente ambos estábamos locos. Porque ni él me pediría que parara, ni yo tendría el valor de hacerlo.

Regresé a sus labios, pero no le besé.

—No es bueno que una persona como yo te robe este momento —susurré. Creí que su mirada me engulliría.

—Tampoco…que me deje con las ganas. —Continuaba tímido, pero no desaprovechó la oportunidad de responder. Cogió mi rostro entre sus manos—. Deja que yo decida, Diego —suspiró—. Deja que sea yo quien elija a quien quiero como mi primera vez…

Si así lo quería, ahí me tenía. Sería delicado, cogería las ganas violentas que tenía de hacerle el amor y me las tragaría, más que dispuesto a darle una noche que nunca pudiera olvidar. Dispuesto a entregarme a él por completo.

—Relájate…  —siseé dejando que mis labios resbalaran por su pecho, esta vez mucho más tierno y sensual. Lo besé notando la tensión bajo su piel—. Procura no contraer los músculos, ¿de acuerdo? —Mis manos acariciaron la cinturilla de su pantalón antes de desabrocharlo. Creí que eso le pondría nervioso y probablemente así era, pero contuvo la rigidez justo como le había pedido—. Eso es… Levanta las caderas. —Eric obedeció sin apartar la vista de mí. Bajé sus pantalones arrastrando con su ropa interior. Le dejé completamente expuesto—. Y ahora… cierra los ojos —dije bajito, ansioso por perderme en aquella parte de su cuerpo.

—Diego… —Esa vez, no hizo caso. Quizás tenía miedo o pensaba que me largaría y le dejaría allí tirado.

Acaricié su pecho hasta llegar a su barbilla. Dibujé el contorno de sus labios con el dedo índice.

—Seguiré estando aquí cuando los abras —musité.

—¿Lo prometes? —Por supuesto.

Eric jadeó. Estrujó la tela del edredón y sacudió sus caderas en cuanto sintió mi boca allí abajo. Me enloqueció que su cuerpo admitiera mi lengua con un escalofrío excitante. Disfruté de aquella sensación unos minutos más antes de acercar un dedo.

Lo moví con tremenda delicadeza.

—¿Duele? —jadeé observando su maravillosa reacción.

—Ah, no… —gimió aún con los ojos cerrados.

Su respiración se descontrolaba, su piel estaba completamente erizada y mi corazón se estrellaba desbocado contra las costillas.

—Respira, Eric —Le pedí obligándome hacer lo mismo.

—Sí… Está… bien —dijo entrecortado al tiempo en que deslizaba mi boca—. Ah… —Volvió a gemir tirando del cuello de mi jersey.

—Tranquilo —suspiré—. Dime qué sientes.

—Es… extraño. —Casi tanto como el tacto de la yema de sus dedos clavándoseme en el cuello.

—¿Te gusta?

—Sí… —Aumenté la presión de aquel dedo. Eric volvió a retorcerse.

—¿Quieres que continúe?

—Sí… —Apreté los dientes al notar el violento latigazo de excitación que me sobrevino.

Jamás había experimentado un frenesí parecido en una situación previa al sexo. Me moría de ganas por entrar en él.

—Abre los ojos, Eric. —Decidí levantar un poco la cabeza para que pudiera verme en cuanto obedeciera. Su mirada resplandeció al toparse con la mía—.  Háblame…

—No…puedo. —Tragó saliva consciente de que mis dedos no abandonarían aquella parte de su cuerpo.

¿Por qué era tan sencillo tocarle? ¿Por qué no me costaba hacerlo y me importaba tan poco lo que después pudiera pensar la gente?

—Puedo estar así toda la noche —jugué sabiendo que le tenía completamente encendido entre mis manos.

—Quiero más… —Y tiró de mi jersey.

Había llegado el momento de exponerme a él y no dejaría que se interpusieran mis reservas. Me alejé un poco y me quité la prenda bajo su atenta mirada. En cuanto la solté a un lado me di cuenta de que observaba mi torso desnudo con fascinación. Dudaba en si tocarme o continuar quieto. Pero le pudo el deseo y acarició con suavidad el cinturón de mi pantalón al tiempo en que se incorporaba. Lo desabrochó con lentitud, consciente del punto al que había llegado mi exaltación.

Contuve un gemido mientras él maniobraba. Fue delicado y un tanto torpe, pero asombrosamente erótico. Apreté de nuevo los dientes. Eric no sabía lo mucho que me estaba costando detener mi locura por él. Debía ser precavido si no quería asustarle.

Volvió a dudar. Esta vez se debatía entre si bajarme los pantalones o no. Sabía bien que si lo hacía yo me convertiría en un recuerdo eterno. Jamás dejaría de ser su primera vez. Era de sobra lógico que se lo pensara dos veces. Pero su cuerpo lo tenía bien claro. Sus manos deseaban continuar. Así que las envolví con las mías y las dirigí. Eric se dejó llevar y, en cuanto ya no hubo barreras, agachó la cabeza.

Me hubiera gustado poder encender la luz y deleitarme con su rubor, pero me bastó con el escalofrío que recorrió su cuerpo y que apenas disimuló.

—Sigues temblando… —Acaricié sus brazos y besé la curva de su cuello. Tenía la piel muy caliente.

—Tengo miedo —musitó.

Me detuve. Daba igual las ganas que tuviera de él en ese momento. Si me pedía que parara, sorprendentemente lo haría.

—¿De qué? —Pregunté sin saber que me miraría de aquella forma, como si fuera el centro de su universo.

—De que no vuelvas a mirarme como lo estás haciendo ahora.

<< ¿Por qué, Luca? ¿Cómo pudiste traicionarle?>> Me lancé a su boca con tanta impetuosidad que caímos de nuevo sobre el colchón. Su pecho pegado al mío, sus brazos rodeando mis hombros.

—Voy a hacerlo así. —Me coloqué entre sus piernas y las levanté con delicadeza para poder tener un poco más de espacio a la hora de entrar en él—. Quiero que veas como te miro mientras te hago el amor.

—De… acuerdo —tartamudeó sintiéndome al borde.

Gimió en cuanto hice un poco de presión.

—Mírame, Eric —susurré en sus labios—. No cierres los ojos.

Poco a poco me hundía más y más en él.

Lentamente todo mi mundo… renacía.

Volví a besarle mientras esperaba a que su cuerpo se adaptara al mío. Pero fue él quien movió las caderas y me exigió más. Enredó sus dedos entre mi cabello y apoyó su frente en la mía dejando que su aliento impactara caliente y precipitado en mis labios.

—Ahora mismo me da igual si para ti todo esto es un juego —jadeó.

Esa vez fui yo quien tembló.

—Cállate —suspiré. Cogí sus caderas y le embestí con suavidad. Gimió en mi boca antes de consumirnos en un beso.

Fuimos piel y deseo y locura…Durante toda la noche.

Fui hombre… con él. Y supe que esa era la emoción que había estado buscando como un loco durante toda mi vida.

Mucho más tarde, cuando parecía que el hambre por devorarnos había menguado,  Eric se quedó dormido entre mis brazos, olvidándose de sus reservas e ignorando el caos corrosivo que me golpeaba.

Pude observarle sin restricciones. Su cabeza apoyada en mi hombro, su cuerpo desnudo enredado al mío, su dulce boca entreabierta… Quise que el tiempo se detuviera para quedarnos de aquella forma para siempre. Quise poder despertarle y decirle, mirándole a los ojos, que ahora ya no solo deseaba su cuerpo, sino que también quería su corazón.

No debí comprender que me había enamorado de él. Porque ese sentimiento me hizo huir de nuevo.

Dejé la llave de la casa sobre la almohada.


Nos leemos pronto, mafiosos.


Todos los derechos sobre el texto son exclusivos de la autora. 

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