Inéditos

Escena extendida, Mírame y Dispara

Cristianno

Cuando me despedí de Sarah, me quedé en el coche. El silencio intensificó el ruido de mi respiración y me puso muy nervioso. Mientras estaba acompañado no le había prestado atención a mi fuero interno, pero, ahora…, ya no me quedaba alternativa. Mis pensamientos estaban ahí, golpeándome la cabeza una y otra vez como si fueran un maldito martillo. Me sentía ansioso, casi frenético. Y sabía exactamente por qué me encontraba así.

Kathia.

Siempre era por Kathia.

Esa maldita niña no me dejaba siquiera respirar a gusto.

Pero lo más extraño de todo es que comenzaba a gustarme pensar en ella. Al menos en mi cabeza ella no me odiaba… O sí, pero terminaba… ¿queriéndome?

Definitivamente, tenía un gran problema.

Miré el horizonte, y me decepcionó no encontrar Roma dibujada entre las miles de luces. Continuaba en Hong Kong, y así seguiría siendo, al menos, durante las próximas horas.

Roma… Roma era Kathia, y Kathia estaba a miles de kilómetros. Fui yo quien decidió largarse, alejarse lo máximo posible, pero, de pronto, tanta distancia me hizo daño.

Debía replantearme mis objetivos, porque de alguna manera Kathia se había convertido en uno de ellos y no tenía ni idea de cómo hacerle frente sino terminaba aceptando que algo ocurría entre nosotros.

Me froté la frente y arranqué el coche, pero enseguida lo apagué al reconocer al hombre que había frente a mí apoyado en un Audi A6 gris. Mi tío Fabio sonrió al verme.

—Natalie cogió su avión con destino a Marsella a las cuatro —me dijo cuándo me acerqué a él.

Solté una carcajada silenciosa. Habíamos reaccionado de la misma manera.

—Sarah ha salido a las cinco con destino a Atenas.

Estaba amaneciendo cuando llegamos al hotel.

Kathia

No me hacía falta cerrar los ojos para verle. Cristianno aparecía delante de mí a cada bocanada de aire que cogía. Era como soñar despierta. Imaginaba que venía a mí, que dejaba de mirarme como si fuera el mayor de sus problemas, y cogía mi mano. Acariciaba mis nudillos antes de subir por mi muñeca… Y después el codo, y el hombro hasta llegar a mi cuello. Imaginaba sus dedos templados y mi piel caliente y cómo imprimían un poco de fuerza para acercarme a él. Rozaba mis labios con los suyos y luego…

… Suspiraba y volvía a empezar. Como, si de algún modo, mi mente no se atreviera a imaginarle besándome. Un beso entre ambos no sería solo un beso. Mi cuerpo, todo mi ser, sabía que si nos besábamos, que si llegaba el momento de renunciar a nuestro ego, yo no sería una chica más en su vida y él lo sería todo para mí.

Decidí quedarme en casa de Daniela después de que ella y Alex me convencieran. Si volvía a casa tendría que dar explicaciones; así que llamé a Enrico y lo solucionó todo para que pudiera quedarme tranquila. Y creí que sería buena idea cuando me tumbé en la cama de la habitación de invitados bostezando y con los ojos pesados.  Había pasado una hora y seguía sin pegar ojo.

De repente, mi móvil comenzó a sonar. El sonido insistente se expandió por toda la habitación, sobresaltándome. Me levanté de súbito e intenté cogerlo, pero se me cayó. Las sábanas se me enrollaron a las piernas cuando quise salir de la cama para cogerlo. Terminé despatarrada en el suelo y con el corazón a mil por hora.

Enseguida descolgué, sin pararme a mirar el número.

—¿Quién? —Pregunté, acelerada.

Pero nadie contestó. Solo pude escuchar una respiración tan nerviosa como la mía.

—¿Quién es? —Volví a preguntar.

Silencio…

Tragué saliva, me levanté del suelo y regresé a la cama moviéndome con lentitud y prestando atención. Se supone que cuando se recibe una llamada así tiendes a ponerte nervioso o incluso sentir un poco de miedo, pero no era mi caso. Lo que sentía era curiosidad por saber si era… él. Algo de mí sabía que era Cristianno.

—Sé que estás ahí. Te oigo respirar…—susurré tumbándome en la cama.

—Lo sé… —murmuró una voz suave y melódica.

Cerré los ojos y me perdí en el ritmo frenético de mi corazón. Cristianno estaba al otro lado de la línea, respirando trémulo. Por un momento supe que él sentía lo mismo que yo. Que, estuviera dónde estuviera, yo, de algún modo, estaba presente en su pensamiento, como él en el mío.

Acomodé mi cabeza en la almohada sin soltar el teléfono y me arropé.

—Quédate conmigo…—musité, aun con los ojos cerrados—… Duerme conmigo, Cristianno.

Él suspiró y yo me quedé dormida, sabiendo que Cristianno estaba allí, conmigo.

Pude verle en mis sueños.


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2 Comments

  • LUCIA

    por favor diganme que Habra un libro despues de colapso, la historia no puede quedar ahi esta todo inconcluso ….. Haganmelo saber !! Es una historia extraordinaria pero tiene que haber un buen desenlace no nos pueden dejar asi 🙁

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